El cambio climático alteró el sistema de conocimiento ancestral indígena sobre las lluvias en la árida región del país donde habitan los wayuu, usado para orientar actividades como la siembra y la ganadería. Sin embargo, sin respuestas por parte del Estado y con graves consecuencias ambientales, económicas, alimentarias y sociales, algunas de sus comunidades ven en ese saber la única oportunidad para adaptarse.
Texto y fotos: Francisco Rincón (@Frajorim)
Una tenue brisa apenas refresca a Margarita.
Es mediodía y lo que se comió en el desayuno su estómago ya no lo recuerda.
Ha caminado mucho desde que salió de su casa a las siete de la mañana. Así son sus días cuando lleva a los chivos, burros y ovejos a comer. Cada vez tienen que ir más lejos para conseguir algo de pasto autóctono de la zona, como saladillo y cují.
Las hojas, en vez de verdes, lucen amarillas.
A esas horas, en la Guajira venezolana (un municipio fronterizo del estado Zulia, ubicado al noreste del país), la sensación térmica supera los 33 °C y cada paso se entierra en la arena hirviendo.
“¿Será que los vendo?”, se pregunta a cada rato mientras espera, debajo de un árbol de cují, que los animales coman.
En esos momentos de silencio es cuando más le retumban las peticiones de sus hijos. “Me dicen que me voy a enfermar, que mire lo que le pasó a un vecino que se infartó en el monte”, recuerda.
Y en su cuerpo ya se notan los impactos: en su piel, que antes era unicolor, ahora son visibles pecas por el sol. Algunos de sus conocidos ya han padecido agotamiento físico y mental, desvanecimiento, desmayos, crisis hipertensivas, accidentes cerebrovasculares, agitación y sudoración.
La Guajira cambió y la comunidad de Alitasia es un retrato.

En momentos de lluvias extremas se pudrieron cosechas por las inundaciones, pero lo cotidiano son los estragos que causa la sequía: las plantas tardan en crecer, las flores y frutas se caen marchitas y los cultivos que riegan en la mañana poco después parece que no han recibido una gota en meses.
“Me siento preocupada y triste. Hasta el pasto de los animales se seca. Ellos también tienen derecho a vivir”, lamenta Margarita.
Sin fechas en el calendario
No se puede precisar con exactitud cuándo comenzaron los cambios en el calendario climático de los wayuu, un sistema de conocimiento ancestral sustentado en ciclos naturales y la cosmovisión indígena usado para orientar actividades como la siembra, la pesca y la ganadería.
Basado en dos épocas de lluvia: la menor (Iiwaa), entre marzo y abril, y la mayor (Juyá), entre octubre y noviembre, ha sido modificado por el cambio climático al menos desde hace 20 años. Solo entre los meses de julio, agosto y septiembre de 2025 se estimó un déficit de lluvias de entre un 10 y un 30 % en la península de La Guajira, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (Ideam).
Ya no tiene sentido preparar como antes los conucos (parcelas pequeñas de tierra para cultivar alimentos que conservan el suelo y la biodiversidad local), porque nadie sabe cuándo va a llover.
Ahora, los sistemas alimentarios están en riesgo y con ello la vida misma de quienes habitan estas comunidades. Prácticas elementales que dependían del clima, como con las lloviznas preparar el suelo para siembras de corto plazo como el maíz tempranito y el frijol pico negro, están alteradas.

Además, paulatinamente, con la pérdida de su calendario climático, los wayuu también han ido perdiendo su enfoque agroecológico. Cada vez están más presentes los insumos agrícolas sintéticos por el aumento de la presencia de plagas, la importación de semillas y de animales por la pérdida de las especies autóctonas, la disminución de la resistencia de los cultivos y la migración de indígenas que ya no pueden mantener sus prácticas agrícolas de subsistencia ni a sus familias.
Gustavo Morillo, doctor en Ingeniería Ambiental, explica que, aunque las precipitaciones anuales son escasas, pueden darse eventos de lluvia muy violentos en un tiempo muy corto. “De repente, las pocas precipitaciones que se dan en el año ocurren en dos o tres eventos que afectan tanto el almacenamiento como la disponibilidad de agua y a su vez pueden generar inundaciones, cambios en el relieve y erosión”.
En la Guajira hoy recuerdan con melancolía que en sus hogares era común la siembra de cebollín, pimentón, icacos y ají, pero ese tipo de cultivos prácticamente desapareció a consecuencia del cambio climático. Hasta el popular coco es difícil de encontrar.
Mayor presencia de plagas sí hay, como moscas blancas, arañas rojas y caracoles babosos.
En 2025 pocas cosechas “pegaron”. El maíz y el tomate están pasmados.

Prácticamente desaparecieron de la dieta los frijoles, el maíz (con el que preparaban jojoto, chicha, guapitos, y que guardaban en sacos para las épocas de sequía) y la leche (con la que hacían mazamorra y nata para comer con arepas). Hoy, contrario a cualquier pensamiento de otrora, según las familias wayuu entrevistadas, se ven obligados a comprarlos a un alto costo en pesos colombianos.
Ese mismo maíz y coco, ahora tan difíciles de cosechar, abundaban hace años. Incluso lo comían los pollos y los pavos. Al no estar disponibles, les genera un gasto extra a las familias y cambios en la dieta también para los animales, hoy reducida a conchas de plátano mezcladas con restos de alimentos de consumo humano.
Las sequías prolongadas, más dramáticas por la histórica escasez de lluvia, alteran todos los ciclos productivos y dinámicas de las comunidades. En silencio, también han disminuido las poblaciones de especies animales y vegetales. Dos casos emblemáticos son los del cardenal y el turpial, que casi no se observan a medida que ha desaparecido el yosú, fruto de un cactus común en la Guajira que es uno de sus principales alimentos.
Según relatos tradicionales, antes, cuando los abuelos veían en el cielo siete estrellas, decían que iba a llover muy bien, y cuando aves como los alcaravanes hacían sonidos alrededor de los jagüeyes (estanques naturales de agua) era una señal de que se avecinaban buenos tiempos para la siembra.

Luz Fernández, una pequeña productora agropecuaria, cuenta que las vacas, ovejas, cabras y chivos evitan caminar debido al calor sofocante y no comen lo suficiente porque buscan sombra. “Cada día su alimentación es de peor calidad. Los animales nacen pequeños y desnutridos. Ahora las madres a duras penas tienen leche para sus crías. Hace un año un padrote de ovejo podía pesar 16 kilos, ahora si acaso llega a 12 kilos. A las 11 de la mañana, cuando comienza el calor más fuerte, los pollitos en vez de comer se sienten ahogados”.
El clima ha cambiado tanto que transformó también la vestimenta de algunas habitantes, quienes ahora a su tradicional manta wayuu y sombrero suman guantes, medias, monos, chaquetas y mascarillas para protegerse del sol.
A eso se suman otros problemas ambientales, como son la entrada del mar (producida en parte por el uso indiscriminado de pozos artesanales), que amenaza a comunidades, degrada el suelo, altera ecosistemas y disminuye cosechas; la escasez de la pesca; el aumento de la aridez y la deforestación acelerada en un municipio con las dificultades del bosque xerofítico, un ecosistema que se caracteriza por la escasez de agua, las condiciones áridas o semiáridas y las altas temperaturas.
A su vez, fenómenos como El Niño y La Niña, exacerbados por el cambio climático, amenazan con causar aún más estragos.

Asimismo, a la situación de la Guajira venezolana se le suma la desprotección del Estado. Si bien es muy poca la información oficial actualizada a causa de la opacidad gubernamental, en el año 2022, cuando las consecuencias de la pandemia del COVID se sumaban a la situación de desprotección, la Comisión para los Derechos Humanos del Estado Zulia (Codhez) reportó que el municipio no vivía una crisis, sino una emergencia, con la educación, alimentación y transporte en total abandono, mientras que el servicio eléctrico y el de agua potable eran calificados como un lujo. “La violación de los derechos humanos atentan [sic] contra sus usos y costumbres, espiritualidad y cultura en un ambiente de injusticia y control”, dice el Codhez.
Resiliencia ante la crisis
Para hacerle frente a estas circunstancias, agencias de Naciones Unidas brindan capacitaciones, asesorías y apoyos técnicos a pequeñas productoras agrícolas y agropecuarias para que conozcan y puedan adaptarse mejor a los impactos del cambio climático.
Estas iniciativas permiten la implementación de técnicas agrícolas sostenibles y agroecológicas como la recuperación y rehabilitación de jagüeyes, lagunas y pozos artesanales; la utilización de bioles (biofertilizantes líquidos naturales creados mediante la fermentación de desechos orgánicos como estiércol y plantas); la creación de insecticidas para la recuperación de suelos y el control de plagas; la construcción de medias lunas (estructuras de captación de agua de lluvia); la reforestación para la recuperación de suelos desérticos; la construcción de barbacoas elevadas que permiten aprovechar el agua y conservar los nutrientes, y la construcción de corrales tipo palafitos, clave ante posibles inundaciones.
Este tipo de fortalecimiento de las capacidades comunitarias ha sido una de las pocas oportunidades que han evitado que cientos de personas pierdan lo poco que tienen. También ha permitido que más personas del territorio se reintegren a las actividades productivas.

Carlos Montiel Fernández, ingeniero agrónomo maestro del pueblo wayuu, suele repetir que “el cambio climático es un monstruo, es David contra Goliat” y urge un apoyo técnico. “La gente desconocía que el suelo y las plantas son seres vivos. Les exigimos que den resultados, pero los destruimos”.
La profesora Ingrid González, quien se dedica al campo desde hace más de 30 años y es beneficiaria de uno de los proyectos, reafirma sus palabras y está más animada que nunca. Ya logró entender el porqué de los cambios en su territorio: “Hoy en día sabemos cómo preparar una mejor cobertura para nuestros cultivos, cómo conservar mejor la humedad, técnicas de refrescamiento con agua para los pollos y el uso de palmas en los corrales para sustituir las láminas que tanto calientan. Las capacitaciones despertaron algo en nosotros y estamos volviendo a sembrar, a enseñar y a criar”.
Emergencia a ciegas
En la Primera Comunicación Nacional en Cambio Climático en Venezuela (2005), se dejó constancia de que algunos de los impactos más importantes para el país serían un clima más seco, el aumento en el riesgo de sequías y la desertificación, que, según el documento, se expandirá del 39 % a un 47 % hacia el año 2060. Se estima que, aunque llueva menos, las lluvias serán más agresivas, lo que aumentará el riesgo de inundaciones repentinas e impactará la efectividad agrícola.

La falta de información oficial actualizada y detallada sobre la Guajira venezolana contrasta con la colombiana, donde existen los boletines agroclimáticos, que se publican mensualmente con información climática y pronósticos, análisis de riesgos, recomendaciones y herramientas de apoyo para decisiones.
Dos décadas después de aquella Primera Comunicación, en la Segunda Contribución Determinada Nacional 2025-2030, el Estado venezolano admitió que los pueblos y comunidades indígenas, entre ellos los wayuu, requieren fortalecer su formación sobre adaptación y variabilidad climática para enfrentar el fuerte impacto que generan los cambios de temperatura y lluvias en sus formas de vida y medios de producción. Esto con la aplicación de métodos ancestrales impartidos desde los sabios y sabias de las comunidades, complementados con ciencia y tecnología. Asimismo, establece la propuesta de un plan de adaptación al cambio climático de estos pueblos y comunidades.
Los investigadores venezolanos han alertado que los modelos climáticos indican que la mayoría de la producción agrícola en el país presentará una reducción en el rendimiento de los cultivos producto del aumento de las temperaturas y la disminución o alteración del régimen de lluvias.
El informe Panorama regional de la seguridad alimentaria y la nutrición de 2024, realizado por agencias de Naciones Unidas, resalta que en el departamento colombiano de La Guajira, al que se puede sumar la zona fronteriza aledaña de Venezuela, la aridez de la tierra junto con el aumento de los fenómenos meteorológicos extremos han creado condiciones adversas para el pueblo wayuu en sus actividades agrícolas y ganaderas.

El amenazado calendario climático wayuu —representación viva de los ciclos naturales que guiaba las prácticas de siembra, pesca y ganadería— hoy luce desdibujado.
Hay quienes dicen que les seguirán preguntando a las plantas y a los animales cómo están para que se sientan queridos porque son seres vivos. Pero también se trata de tener conocimiento. Tocar el tema del cambio climático en la Guajira es una rareza, por eso Minerva Palmar, beneficiaria de los proyectos multilaterales, no olvida cuando por primera vez le hablaron sobre eso. “Pensé que la información me afectaría, pero más bien empecé a ver cómo podía seguir viviendo. El conocimiento te orienta, tenemos que adaptarnos a la vida”.
*Este artículo hace parte de la serie de publicaciones resultado del programa de becas del proyecto Get Ready for the COP, ejecutado por DW Akademie y financiado por el Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania (BMZ).
