Por Mauricio Ocando
En la calurosa ciudad de Maracaibo, cada miércoles la profesora Joselyn Martínez les llevaba comida a unos jóvenes que merodeaban por la universidad en la que ella trabajaba. Con el tiempo, entendió que debía hacer más por quienes, como ellos, no tienen un techo. Parte de lo que hace es celebrar con ellos la Navidad.

Aunque su formación como publicista la llevó a pensar en estrategias, campañas y audiencias, Joselyn Martínez nunca dejó de tener sensibilidad social y de preocuparse por los demás.
Fue lo que sucedió una noche de mayo del año 2000. Ya era profesora de la Universidad Privada Doctor Rafael Belloso Chacín (URBE). Al salir de una reunión hacia la calle, notó que el bullicio de la avenida se apagó. Y en la acera, a unos metros del estacionamiento, vio a unos muchachos compartiendo una botella plástica. El olor a solvente le quemó la garganta.
Ella llevaba unos envases con arroz y carne, lo que había sobrado de la cena en la que estaba.
—Hola —dijo mientras se acercaba—. Les traje comida.
Uno de los chicos, con la mirada baja, apenas murmuró un “gracias”. Joselyn dejó los recipientes en el suelo y se sentó con ellos. No tomó notas ni sacó fotos: solo escuchó.
Les preguntó sus nombres, de dónde venían, qué soñaban hacer.
Después de aquella noche, volvió.
Una y otra vez.
A los meses, los jóvenes comenzaron a esperarla: ya sabían que cada miércoles, una mujer con el cabello recogido y un morral de libros llegaría no solo con comida, sino a hablar con ellos.
Pero una noche, cuando se acercó a saludarlos, uno de los muchachos se levantó de golpe y la apuntó con un cuchillo:
—¿Me vas a poner ese cuchillo en la cara? —preguntó ella, sin alzar la voz.
El joven tembló.
—Perdón, mamita… estoy desesperado —susurró, bajando el arma.
Joselyn le extendió un billete.
—Toma. Pero hay otras maneras de hacer las cosas.
Él asintió y se alejó sin mirar atrás.
Joselyn respiró hondo. Entendió que ya no bastaba con darles comida: había que acompañarlos.
De ese gesto nació, el 4 de diciembre de 2004, la Fundación Amigos de la Gente de la Calle. Lo que comenzó como un acto espontáneo de empatía se transformó en un movimiento sostenido por estudiantes, vecinos y voluntarios.

Un movimiento que sigue vivo, más de dos décadas después.
Joselyn y su equipo han acompañado a niños y adultos que viven en las calles de Maracaibo, ofreciéndoles, más que ayuda material, un espacio donde volver a sentirse vistos. En los años más activos, la fundación llegó a reunir hasta 200 voluntarios: estudiantes de servicio comunitario, ex alumnos, jóvenes publicistas y comunicadores. Pero luego muchos migraron y con ellos también apoyos y donaciones que habían logrado.
Aun así, Joselyn ha continuado. Con el respaldo de algunas empresas privadas —incluidas aquellas con las que trabajaba ella misma y su aliada constante, Jenny Espina—, ha logrado mantener una jornada anual: cada diciembre reúne a cientos de niños y familias sin techo para celebrar con ellos la Navidad.
Antes de la fiesta, Joselyn convoca a los padres a una charla formativa para hablarles de temas importantes como la violencia de género o la autoestima. Para Joselyn, es un espacio tan importante como cualquier jornada de alimentación o donación: es la oportunidad de ofrecer herramientas, no solo recursos.
—No sé cómo agradecerles —le dijo una de las mamás en alguna oportunidad, mientras sostenía la libreta donde había anotado los consejos de la charla—. Esto me ayudó a entenderme mejor… y a cuidar de mis hijos.
—Ese es justo el objetivo —respondió Joselyn, sonriendo—. Aquí nadie juzga, solo aprendemos a salir adelante juntas.
Por comentarios como ese, se prometió a sí misma que no dejaría de organizar la celebración navideña. Y por ello, con el paso de los años, muchos han comenzado a verla como una heroína, pero ella simplemente se ve como alguien que decidió quedarse mientras otros pasaban de largo.
Bajo el sol fuerte de Maracaibo, Joselyn ha caminado con una carpeta en la mano, tocando puertas en varias empresas, para buscar apoyos. Una vez entró a una oficina donde la recibieron con una sonrisa:
—Vengo a hablarles de un proyecto —dijo, dejando la carpeta sobre el escritorio—. Es para los niños que atendemos cada año. Necesitamos juguetes, ropa o alimentos no perecederos. Lo que puedan.
El gerente la escuchó unos segundos y, sin mucho entusiasmo, prometió “revisar con la directiva”.
A los pocos días, una de las empresas respondió. No con un lote tan enorme para cubrir lo que necesitaban ni con promesas grandiosas, pero sí con algo concreto: juguetes para 100 niños y bolsas de alimentos. Joselyn y Jenny celebraron la noticia.
Cada pequeño aporte contaba, cada gesto tenía su peso.

El calendario marcaba 20 de diciembre de 2024. El calor de Maracaibo era intenso. Joselyn revisaba la lista de niños inscritos para la gran celebración navideña. Cada nombre tenía su historia: algunos llegaban con hambre, otros con miedo.
A su lado, Jenny acomodaba los juguetes donados, los dulces y los envases con comida. Cada gesto parecía parte de un ritual que llevaban años perfeccionando.
Los primeros niños llegaron corriendo, arrastrando a sus hermanos y primos. Algunos reconocieron a Joselyn y la abrazaron. Otros la miraban con desconfianza, como si la esperanza fuera algo que temieran experimentar.
—¡Mira lo que traje! —exclamó Joselyn, levantando un par de juguetes —. ¡Hoy es tu día!
La calle se transformó. Los niños ayudaban a repartir dulces, algunos acompañaban a sus madres hacia el sitio donde tendría lugar la charla sobre hábitos de cuidado y autoestima. La música de fondo era un conjunto improvisado de villancicos entonados por vecinos que se ofrecieron como voluntarios.
Horas después, mientras la noche comenzaba a envolver la ciudad, la caravana de niños se reunió frente al pesebre improvisado. Joselyn y Jenny entregaron los últimos juguetes, y las madres recibieron su pequeña guía de autocuidado, escrita con cuidado y amor, que incluía desde consejos prácticos hasta palabras que recordaban que ellas también importaban.
En un rincón, un grupo de niños se acercó tímidamente a una pequeña mesa donde estaban los envases con dulces y bocadillos. Joselyn se arrodilló, los miró a los ojos y les dijo con voz suave:
—Tomen lo que quieran, pero recuerden compartirlo.

Los niños intercambiaron miradas cómplices, algunos sonrieron y otros, por primera vez en mucho tiempo, se sintieron dueños de un momento que parecía solo suyo. Joselyn observó la escena y sintió que la labor de tantos años se materializaba en esos gestos cargados de vida.
Luego se retiró unos pasos, apoyándose en la pared, y tomó un momento para mirar el conjunto: los niños reían, compartían juguetes y contaban historias que otros escuchaban atentos.
Las madres se apoyaban unas a otras, algunas con lágrimas que ya no eran de miedo, sino de alivio y orgullo. En ese instante, Joselyn entendió que la fundación era un espacio que, aunque frágil, se sostenía por la confianza, la empatía y la constancia.
Antes de cerrar, se sentó en la acera con los últimos niños que no habían querido participar. Les preguntó sus nombres, les escuchó sus sueños y los alentó a lograrlos. Uno de ellos, un niño de 8 años llamado Luis, le susurró:
—Señora, ¿usted va a venir el próximo año?
Joselyn lo miró, sonrió y dejó que la brisa de la noche llenara un instante de calma antes de responder:
—Sí, Luis. Mientras haya quien quiera venir y exista la disponibilidad económica, yo estaré aquí. No es solo mi promesa, es nuestra.
Mientras recogían las últimas cajas para retirarse a sus casas y terminar de disfrutar la Nochebuena, Jenny escuchó a uno de los padres decir, con una sonrisa que mezclaba sorpresa y gratitud:
—Esto… esto podría llamarse “Navidad en la acera”.
No era un cambio de nombre para la Fundación Amigos de la Gente de la Calle, sino una manera de resumir lo que habían logrado esa tarde: un espacio donde la solidaridad y la cercanía convertían la calle en hogar por unas horas. La jornada servía no solo para entregar juguetes y comida, sino también como evidencia para futuras empresas y patrocinadores.
Joselyn cerró los ojos por un instante y respiró hondo. Allí estaba la magia real: no en los juguetes ni en los dulces ni en los envases de comida, sino en la certeza de que siempre hay otra salida.
Casi un año después, una nueva lista ha comenzado a llenarse de nombres. Algunos contactos respondieron, otros prometieron ayuda, y en un cuaderno hay fechas, cantidades y pendientes.
La Nochebuena de 2025 ya empieza a organizarse, con la misma paciencia silenciosa que sostiene todo lo que importa.
Esta historia fue cedida por La Vida de Nos y fue producida en la 5ta cohorte de su Programa de Formación para periodistas.
